El Instituto de Cultura Popular (INCUPO) es una organización de la sociedad civil, de inspiración cristiana, que trabaja en la Región Chaqueña, en el norte argentino. Fue creado en 1969, con el objeto de extender la alfabetización a comunidades vulnerables campesinas y aborígenes.
El sentido de su tarea se fue actualizando en todos estos años, a través de diversas experiencias de educación popular. Paralelamente, INCUPO participó en la formación de organizaciones campesinas y promovió políticas y leyes para mejorar las condiciones de vida de estos grupos.
La primera vez que muchos lugareños escucharon hablar del Instituto de Cultura Popular fue en su casa, en el campo y en aquellos sitios, donde podían recibir señal de AM. “Conozco a INCUPO por la radio”, recuerdan. Han pasado casi 50 años desde aquellas emisiones inaugurales que enseñaban a leer y escribir, con ayuda de unas cartillas pedagógicas.
En este tiempo, se renovaron varias veces la programación, los materiales educativos y hasta los propios medios de comunicación que conectaban puntos tan distantes de la geografía del norte del país. Cinco décadas en las que más y más proyectos fueron enriqueciendo la consigna original de apoyar y promover el desarrollo humano en comunidades rurales e indígenas.
El país en el que comenzó a imaginarse el proyecto de INCUPO era muy diferente al de hoy. La década del 60 se iba cerrando con la pesada carga de otro gobierno dictatorial al que le quedaba poco tiempo y una apertura democrática que estaba aún muy lejos de los sueños de libertad y justicia social que esperaban muchos argentinos.
Las cosas que importaban, como casi siempre, sucedían y tenían registro en las grandes ciudades del país, mientras el interior más profundo negociaba su cotidianidad con otro tiempo y otro espacio, a miles de kilómetros. Había tanto por hacer.
Así lo percibió un grupo de obispos y cristianos del norte argentino, quienes después de realizar un estudio sobre las causas del entonces llamado “subdesarrollo” en la región, llegaron a la conclusión de que era necesario crear un conjunto de instituciones que ayudaran a mejorar las condiciones de vida de los grupos vulnerables de la zona. Se establecieron prioridades. Urgía alfabetizar.
INCUPO nació de ese compromiso, en 1968, con la misión inicial de enseñar a leer y escribir. Su área de trabajo, tan diversa como dispersa, abarcaba cinco provincias, que exhibían preocupantes índices de pobreza y desigualdad: Corrientes, Formosa, Chaco, Santiago del Estero y Santa Fe, donde la organización continúa hasta hoy.
El 21 de septiembre de 1970, estrenó su primer programa radial dedicado a la lecto-escritura. Los destinatarios eran personas de zonas rurales marginales, como hacheros, peones y otros trabajadores asalariados; campesinos, criollos e indígenas. “Yo aprendí a leer y a escribir con INCUPO”, relatan algunos lugareños para quienes hoy la radio sigue siendo un medio de comunicación vital.
La tarea alfabetizadora concentró todos los esfuerzos hasta mediados de la década de los 80, cuando empezó a ensamblarse a otras actividades que emergían del propio trabajo de intervención en las comunidades que realizaba INCUPO y le daban un nuevo sentido a su labor. “Los proyectos evolucionan, concluyen y, muchas veces, renacen en otros nuevos”, explican los integrantes del equipo.
Los contenidos de estas acciones de educación popular fueron cambiando, por la propia transformación de las necesidades de estos grupos y el contexto. Algo que puede comprobarse al echar un vistazo a la extensa producción de libros, cuadernillos, revistas y publicaciones periódicas que guarda la biblioteca de la organización.
Entre las más populares y consultadas, se encuentra una serie de cartillas, que se proponían poner al alcance de los grupos rurales conocimientos sobre diferentes temas para mejorar su calidad de vida. Salud y pediatría; agroecología, crianza de animales, alimentos de la chacra; cultura campesina e indígena, fe, educación, comunicación; derecho y legislación; emprendimientos y ferias; medioambiente, energía y agua.
El soporte de papel fue fundamental para garantizar la llegada y circulación de los ejemplares en poblaciones, que en muchas ocasiones, no tienen electricidad o teléfono. Con este propósito había nacido, en 1971, el periódico Acción, con el objeto de poner en valor los saberes de las comunidades aborígenes y campesinas y dar visibilidad a sus protagonistas.
La apertura democrática revitalizó las organizaciones campesinas e indígenas, que habían visto muy mermadas sus fuerzas durante la dictadura. INCUPO acompañó el proceso de recuperación de estos proyectos, al tiempo que dio apoyo desde la comunicación y la educación popular a las flamantes asociaciones que empezaban a transitar su camino en la década del 80.
En la lucha por el reconocimiento de los derechos de estos grupos, las organizaciones fueron fortaleciéndose y ganando experiencia en diferentes espacios de negociación política. Hubo talleres, producciones periodísticas y asesorías que hicieron posible la reflexión y  el análisis sobre los avances de las asociaciones.
Este movimiento encontró un canal propicio para la experimentación de nuevos formatos y posibilidades de comunicación en las radios de frecuencia modulada, que empezaban a convivir con el sistema tradicional de medios de la época. Pese a su alcance menor, enriquecieron con su estilo fresco y cambiaron para siempre la oferta informativa y las audiencias.
INCUPO también participó y propició, desde la educación y la creación de nuevas redes, de esta floreciente actividad radial, que ya estaba muy extendida en amplitud modulada. La FM, por su alcance, fue un fenómeno más urbano, pero consiguió multiplicar espacios de expresión para las audiencias durante la década del 90.
El nuevo siglo trajo otras consignas, en especial para las organizaciones campesinas e indígenas que no solo debían reivindicar identidades, formas de producción artesanal y saberes ancestrales. Era tiempo de pelear por la tierra y la defensa de los entornos naturales donde transcurría la vida.
La apertura de mercados internacionales para las materias primas empezaba a verse claramente al costado de las rutas: el modelo de monocultivo intensivo a gran escala, que venía imponiéndose como materialización del progreso nacional en las últimas décadas, cedía paso a uno que ya no pretendía ser hegemónico, sino único.
Los dólares de la exportación de productos del campo podían comprarlo todo. El espacio que ocupaban estos cultivos y sus cocteles de fertilizantes y plaguicidas era cada vez mayor y se hablaba del “corrimiento de la frontera agropecuaria”. El reinado de la soja iba dejando sin proyecto a los pequeños y medianos productores que vendían o alquilaban lo suyo. Ya no era rentable.
La voracidad por más superficies fue echando y, cuando no, persiguiendo a los aborígenes propietarios de tierras sin escrituras en distintos puntos del país. Esta también fue una lucha en la que INCUPO tomó parte, desde la formación de organizaciones, el impulso de leyes y reclamos legales ante las autoridades.
“Ha sido uno de los frentes de nuestro trabajo desde el principio, la promoción de políticas locales y nacionales que puedan incidir en la mejora de las condiciones de vida de campesinos e indígenas”, relata uno de los integrantes del equipo. En los últimos años, estos grupos consiguieron mayor visibilidad de sus problemas en la esfera pública y participación en los espacios de construcción política junto a otros actores sociales.
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“INCUPO forma parte activa de ese mecanismo de conversación con la sociedad, tanto que si los organismos del Estado asumieran un rol más amplio, harían falta organizaciones de la sociedad civil para aportar ideas y propuestas que se construyen de forma conjunta con los ciudadanos y los gobiernos”, reflexiona uno de los integrantes más antiguos del equipo.
En la actualidad, la organización centra sus esfuerzos en dos tipos de acciones: el trabajo con las comunidades campesinas e indígenas, para mejorar sus condiciones de vida, y la incidencia en el poder político, con el propósito de conseguir medidas y leyes favorables para estos grupos.
Las primeras, de carácter territorial, se materializan a través de la educación y la comunicación popular sobre distintos contenidos, según la zona de la que se trate. El objeto es avanzar en el reconocimiento y ejercicio concreto de derechos por medio de la creación y fortalecimiento de organizaciones  locales, provinciales y de la región.
Parte de esta tarea incluye el acompañamiento a personas u organizaciones de campesinos e indígenas, para el acceso a la justicia, en conflictos relacionados con la tenencia de la tierra y demás bienes ambientales. Desde el año 2000 especialmente, el tema ha sido uno de los principales en la agenda de la organización
El segundo conjunto de acciones se orientan a  incidir en el poder político para generar proyectos y leyes que contemplen las problemáticas de estos grupos: acceso a los recursos naturales y su protección, producción y disponibilidad de alimentos, promoción de la economía social y familiar.
Ambas acciones, a la vez, se desgranan en cinco líneas de trabajo que son transversales a las cinco provincias donde tiene presencia INCUPO, pero el nivel de desarrollo cambia según las necesidades locales: actorazgo campesino e indígena; tierra y hábitat; agroecología, uso múltiple del bosque y economía social y solidaria; ambiente saludable y justicia climática  y, por último, educación regional.
En el presente, la labor de INCUPO continúa desarrollándose en Corrientes, Formosa, Chaco, Santiago del Estero y Santa Fe, donde tiene su sede central, precisamente en la localidad de Reconquista. Además, cuenta con una oficina en la ciudad de Buenos Aires.
El equipo actual está formado por aproximadamente 40 personas, entre las que destacan perfiles de trabajadores sociales,  ingenieros agropecuarios y forestales, veterinarios, comunicadores, administrativos, entre otros. El trabajo se distribuye en cuatro departamentos: Comunicación, Educación, Derechos campesinos y Derechos indígenas. Se añaden tareas administrativas.
La financiación de INCUPO se realiza a través de organizaciones internacionales, vinculadas a diferentes iglesias, católicas principalmente. Si bien el discurso de la institución se articula en torno a la promoción humana, la organización y la incidencia política, los valores cristianos se encuentran implícitos en su decir y hacer.
Valores que inspiraron su creación hace 48 años, como la dignidad de la persona, su derecho a la salud, a la vivienda, a la educación y a la alimentación, entre tantos otros.  La participación y el protagonismo, la organización y la búsqueda del bien común y, sobre todo, la solidaridad.
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