Numerosos procesos sociales y económicos organizan la vida del hombre de campo y resultan imperceptibles desde las ciudades, pero impactan también en su calidad de vida. El reconocimiento de la agricultura familiar tiene que ver con ello, con la posibilidad de saber qué se compra, de dónde viene, quién lo produce y de qué manera.
INCUPO  trabaja en su puesta en valor desde hace décadas, a través del desarrollo  de las ferias francas, el rescate de saberes y modos de producción regionales, el fortalecimiento de organizaciones campesinas y el impulso de leyes específicas. “Son grupos que puede aportar mucho como abastecedores de alimentos, pero el sistema global los margina”, explican.
Cada uno es parte de algo más amplio, pero no demasiado grande; sí lo suficiente como para sostener un equilibrio que vale la pena: el del campo y la ciudad, la naturaleza y el hombre, los saberes de siempre y los que tienen ruido de novedad. Esa es la clave del sistema de vida y producción de las familias rurales.
“La trama laboral y doméstica se entrelazan territorialmente y no se sabe bien dónde empieza el hogar y dónde, la producción; cuándo el horario de trabajo y cuándo, el de descanso”, explica uno de los técnicos de INCUPO. La jornada es difusa y asigna tareas a todos los integrantes del grupo.
En la agricultura familiar, la renta obtenida en general alcanza para el autoconsumo. No se vive totalmente de la producción, sino que se depende bastante de otros empleos, por ejemplo, en las fuerzas de seguridad o la docencia porque brindan una estabilidad económica. Algunos de ellos consiguen vender sus productos en los pueblos periódicamente, pero los ingresos se completan con otros trabajos.
“Son grupos sociales que puede aportar mucho más a la comunidad como abastecedores de alimentos, pero el sistema global los margina”, relatan desde INCUPO.  Y esa exclusión obedece a distintas razones.
Una de ellas es la incomunicación y aislamiento de las zonas en las que viven por falta de agua, electricidad, conexiones telefónicas, internet, caminos en condiciones o medios de transporte. Hay una Otra muy importante son las leyes, invisibilización de estos sectores.
Muchas veces hechas a la medida de los grandes productores, que dejan en una situación de “ilegalidad” a los pequeños. Por ejemplo, las normas creadas para asegurar que un producto no tiene enfermedades están diseñadas para la industria.
Plantean una serie de requerimientos que un pequeño agricultor no puede reunir y habría que analizar cuáles de ellos tiene sentido exigir para garantizar la calidad. “Estamos hablando de productos que se elaboran sin químicos y en entornos saludables: tienen que pasar por controles sin dudas, pero poseen una serie de cualidades que la industria no ofrece”.
Por ejemplo, los métodos de control de zoonosis de los rodeos podrían ajustarse al modelo de producción. Para un campesino, un animal tiene “nombre y apellido”. La industria y el pequeño emprendimiento rural corresponden a dos paradigmas de elaboración de los alimentos totalmente diferentes.
“Tenemos la cabeza formateada en función de grandes unidades de explotación: los países valen por la producción, pero en el caso de una familia no se la puede clasificar por producto, porque hace decenas de cosas que, inclusive, varían de un año a otro”. Entonces, como no los puede catalogar, la industria dejó de asignarles un rol y los hizo a un lado.
Esta situación se encuentra asociada a la concentración de la tierra en pocos propietarios y al monocultivo: tienen que generar mucha cantidad de toneladas de un solo producto. Si se diversifican los cultivos, hay una mejor dinámica del suelo y se produce más y mejor.
Además, está demostrado que los grandes emplean menos mano de obra y generan menores ingresos que los pequeños en su conjunto. A la producción familiar, no se la considera “viable” desde el modelo de desarrollo dominante.
Las áreas más ricas son las que menos productos tienen. La expansión de las megasuperficies de cultivo ha desplazado a los pequeños productores a las zonas con peores condiciones para la agricultura. Pero en los últimos 15 años, hay un avance sobre estos territorios inclusive por el aumento de la demanda de materias primas.
Mirá la sección Dónde estamos.
Para comprender la escala, dimensión y el perfil de los actores que participan de la llamada “agricultura familiar”, resulta muy esclarecedor revisar la flamante ley 27.118, que regula este tema. Promulgada el 20 de enero de 2015, crea un régimen de reparación histórica para los pequeños agricultores y empresas que desarrollen su actividad en el medio rural.
http://www.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/240000-244999/241352/norma.htm
La norma declara de interés público a la agricultura familiar, campesina e indígena “por su contribución a la seguridad y soberanía alimentaria del pueblo, por practicar y promover sistemas de vida y de producción que preservan la biodiversidad y procesos sostenibles de transformación productiva”.
El artículo quinto define al agricultor familiar: es quien desarrolla “actividades productivas agrícolas, pecuarias, forestal, pesquera y acuícola en el medio rural”. Este perfil se completa, entre otras, con las siguientes características: gestiona él mismo su emprendimiento, de donde obtiene su ingreso principal; la mano de obra se cubre con su familia o asalariados; vive en el campo.
La ley se propone corregir las disparidades entre las regiones y atender a las que tienen mayor retraso. Además, reconoce las funciones económicas, ambientales, sociales y culturales de las diferentes manifestaciones de la agricultura nacional.
La de estructura familiar es “sujeto prioritario de las políticas públicas” del poder ejecutivo nacional y “sujeto social protagónico del espacio rural”. La norma reconoce, además, las prácticas de vida y productivas de las comunidades originarias.
Fue una ley en la que INCUPO tomó parte de forma muy activa e impulsó la participación de los campesinos. Ahora, la lucha pasa por su implementación y la asignación presupuestaria. Su funcionamiento no es aún pleno.
Establece un consejo asesor con delegados de todo el  país. Los representantes de las comunidades campesinas zonales trabajan con INCUPO y acuden una vez al mes a Buenos Aires para elevar sus planteos y discutir diversos temas, que tienen que ver con la puesta en vigor de la norma.
La feria constituye un enclave fundamental para canalizar todo este esfuerzo. Revaloriza la producción y conecta el campo con la ciudad. INCUPO empezó con la primera experiencia en este sentido, en la localidad de Empedrado, provincia de Corrientes, a mediados de los 90.
Los sistemas de mercadeo local valorizan la diversidad de la producción de la zona y la feria es uno de sus puntos de referencia. Su enfoque es integral: desde el inicio hasta la venta y está orientado a la comunidad, que lleva la posta de un proceso. Se suma a toda la familia.
INCUPO participó en la formación de decenas de estas iniciativas que se proponían conectar el productor con el consumidor sin intermediarios, en circuitos comerciales de corto alcance. Actualmente, son 60 o 70, rotando por las provincias donde trabaja la organización.
En ellas, se ofrecen productos de la tierra y se diversifica la presentación: la producción tiene más valor agregado. “La feria es eminentemente social y sabés quién es el proveedor”, puntualiza uno de los técnicos de INCUPO. Los feriantes explican al consumidor qué es lo que compran y cómo lo obtienen.
“Si hay una queja no es para un productor de la feria, sino para la estructura completa. Es por ello que imparten capacitaciones en distintos temas para dar más calidad y confianza al consumidor, por ejemplo, en lácteos y otros elaborados.
Se ha avanzado mucho en marketing, presentación, calidad y etiquetado. En algunas ferias, hay certificaciones, basadas en sistemas de garantías participativos, en los que intervienen diversos actores de la comunidad: instituciones no estatales, organizaciones como INCUPO, la municipalidad, organismos de control,  la universidad, el INTA, los consumidores.
“El valor del sello lo da el propio sistema; como es el mercado local, las personas que acuden allí saben cómo funciona”. Las ferias funcionan como sistemas de control. Un ejemplo de ello son los productores de Bella Vista, en Corrientes, que llevan años trabajando para sostener en el tiempo su proyecto y dar cada vez más garantías a los consumidores, como controles en las chacras.
“Se puede decir que siguen diversos parámetros de calidad, sin llegar a ser aún agroecológicos. Son productores en transición hacia a ese modelo; es decir, cumplen muchos criterios y algunos, no”. Reunir esos requisitos, con todo, demanda un gran esfuerzo de organización, como capacitaciones en presentación, conservación, entre otros.
Es una manera de valorar los subproductos.  Son sitios donde, por ejemplo, se pueden encontrar plantas medicinales o granos que no se consiguen en el supermercado. En general, pasan cada quince días por los emplazamientos donde tienen permitido instalarse.
En Corrientes, la feria rota por toda la ciudad durante todo el mes. “La experiencia nos ha demostrado que no hay sobreprecios: el  importe que se paga por los productos es igual o menor que en el comercio de la ciudad”.
La experiencia de Tecnykampo es otra de las apuestas a la importancia de la pequeña escala de las cosas en esta historia. Es un taller metalúrgico, creado por INCUPO, para desarrollar herramientas, prototipos y máquinas de calidad para el trabajo de las granjas familiares.
www.teknycampo.com.ar
Se constituyó como empresa en 1995 y realizó exportaciones a países latinoamericanos y de Europa. “Sucede que los talleres se habían puesto a fabricar para los grandes productores y los pequeños ya no conseguían máquinas o piezas de repuesto para hacer su trabajo”, explica uno de los técnicos de INCUPO.
El mercado ofrecía grandes equipos que solo funcionaban y eran rentables en unidades de explotación gigantescas. Un molino picador forrajero, por ejemplo, era algo casi imposible de conseguir, reparar o adaptar.
El trabajo del taller fue un referente no solo para Argentina. Abundantes artículos, imágenes y videos dan cuenta de la amplia recepción que tuvo la iniciativa. “Es importante que el productor tenga la certeza de que lo dejan trabajar y que el Estado avale lo que la persona genera en el campo”, añade.
El tejido asociativo de las comunidades pasa por diferentes etapas a instancias de numerosos factores, contextuales, tecnológicos, legales. Aún con todas las condiciones a favor, si no hay convicción desde la sociedad civil para crear estas estructuras en sus diferentes modelos, estos actores fundamentales de la esfera pública no tendrán su voz.
En los tiempos en que INCUPO empezaba a trabajar en el Gran Chaco, no era fácil sostener o crear organizaciones, y menos de campesinos e indígenas, pero hacerlo era necesario para comenzar a institucionalizar las reivindicaciones que tanto necesitaban estos sectores.
Para ello, no solo fue parte del despegue de muchas organizaciones, asambleas y grupos, sino que acompañó su formalización, transmitió el oficio “asociativo”, ese paso a paso que permitiría conseguir leyes, políticas, espacios de negociación con otros actores.
En este proceso, INCUPO también ha articulado redes de colaboración con otras entidades en el país y el exterior. Algunas de ellas son Red Agroforestal Chaco-Argentina (REDAF), Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO), Programa Mercosur Social y Solidario (PMSS), Movimiento Agroecológico de América Latina y el Caribe (MAELA), Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica (ALER) y Fundación San José (FSJ).
También promovió la formación de otras ONG, que a la vez multiplicaron los vínculos. Fundación Nuevos Surcos, fue una de ellas. Cuenta con la participación de otras organizaciones, algunas creadas por INCUPO, y administra un fondo de créditos para campesinos e indígenas. Las ayudas se destinan a fomentar la producción, los circuitos de comercialización, las asociaciones o la lucha por la tierra.
www.nuevossurcos.org.ar
“Intentamos fortalecer, empujar, acompañar, facilitar los procesos de organización y avanzar en conceptos que nos unan más a la ciudad; sumamos desde lo rural para una economía social y solidaria: no está en función de la reproducción del capital; es sin fines de lucro y va al rescate de los sistemas económicos de las familias pobres”, remarcan desde INCUPO.
Como parte de esta vocación asociativa, la radio fue entrelazándose en distintos proyectos de INCUPO. “Al principio, los cosecheros manuales de algodón la llevaban a trabajar con el arado y escuchaban nuestros programas, como una manera de acompañarse”, recuerda uno de los integrantes del equipo de la organización.
Entre 1998 y 2008, INCUPO trabajó para formar conductores en radios, producir contenidos e intercambiar con otros medios, a través de la Red de Comunicación Indígena (RCI). Esta entidad, además, financiaba la iniciativa. Hoy, buscando en el dial de Chaco o Formosa, se puede reconocer a quienes se hicieron durante ese proceso, como Félix Díaz.
“Nosotros no tenemos radio propia. Entonces llegamos a las FM de los pueblos que abrían la puerta a la difusión de nuestros proyectos en los 90”. INCUPO convocó a cuatro o cinco radios, repetidoras de Buenos Aires y les daba contenidos locales y capacitación a los locutores, operadores y periodistas. Así, se entablaban vínculos entre radios y asociaciones campesinas, a través de encuentros y talleres.
En la actualidad, de cinco programas provinciales, se pasó a uno regional: “Latidos de la tierra”. Muchos de estos ciclos se pueden oír a través de la web de INCUPO, en la sección Producciones, donde hay informativos, micro y cuñas. Algunos son producidos en colaboración con otras organizaciones de Argentina o Latinoamérica.
Mirá la sección Producciones/Series y Producciones Radiales.